Marina Heredia, uno de los quejíos más flamencos que se pueden escuchar hoy

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PobreEl mejor 

marina_heredia._palacio_de_congresos_de_granada_1.jpgMarina Heredia nace en Granada en 1980. Hija del cantaor Jaime Heredia "El Parrón" y nieta de Rosa Heredia "La Rochina", Marina crece rodeada de flamenco, por lo que empieza a cantar desde muy joven.

Se estrena como cantaora en 1992, en la inauguración del Palacio de Congresos de Granada. Desde entonces no ha dejado de trabajar y de pasear su cante por medio mundo. Ha participado en los festivales flamencos más importantes: la Bienal de Flamenco de Sevilla, El Grec de Barcelona, Festival Flamenco Viene del Sur, Festival Internacional de Música y Danza de Granada, el Festival Flamenco Pa Tós, los Jueves Flamencos o el Potaje Gitano de Utrera. Ha viajado desde Pekín hasta Uruguay, pasando por París, Portugal, Munich, Londres, Marruecos, Nueva York o Washington. Y ha llegado a pasear su cante por escenarios tan dispares como el Espárrago Rock, la Bienal de Munich, participando en una ópera clásica, o colaborando con artistas como Howie B o Nacho Cano.

marina_heredia.2.jpgEsta hija del Albaicín emana flamenco por los cuatro costados. Lleva tres trabajos discográficos publicados ("Me duele, me duele", 2001; "La voz del agua", 2007; "Marina", 2010), siendo el último de ellos el más maduro de todos. Un trabajo que ha presentado en 2010 por toda España y que, finalmente, la ha consagrado como primera figura de cartel en la XVI Bienal de Flamenco de Sevilla.

Con sólo treinta años, Marina Heredia se nos presenta como una cantaora madura, con una vida, no curtida por las viejas duquelas de entonces, pero sí acostumbrada a las inquietudes presentes que arroja con hondo quejío. Marina ha crecido. Marina ha madurado. Marina Heredia se ha convertido, en definitiva, en unos de los quejíos más flamencos que se pueden escuchar hoy día, un quejío entre el hoy y el ayer.

El periodista Miguel Mora así la define:

«Marina es dulzura y desgarro, buen gusto y matices, música sin géneros ni etiquetas. Marina viaja del rajo a la melaza, del trigo amarillo al vino rojo, yendo y viniendo. De repente se para y entonces es hondura exquisita, historia y futuro, modernidad rabiosa y presente espléndido, tranquilo. Su belleza albaicinera, su aire de niña socarrona y de mujer sensata, su voz inconfundible lanza ecos que se meten dentro sin que uno se dé cuenta. Tarantos o rumbas, canciones o tangos, todo lo que ella toca habita en ese rincón oscuro de la belleza donde sólo algunos consiguen llegar. Ahí, en la belleza rara, es donde vive ella sin inmutarse desde que era adolescente y tenía un hilo frágil de voz que arropaba bailando como le enseñó su madre.

Ahora es más sólida y suena más segura, ha subido un par de tonos y su garganta ha tomado tintes más claros pero por suerte guarda ese velo de misterio que hace aún más bonito lo que dice. Y además tiene ángel y empuje, eso lo saben hasta los alemanes. Une a esa inquietud su elegancia natural, ese porte juncalísimo, que afirma otra cosa: que Marina es flamenca, cantaora, artista de cuerpo entero, artistas a la fuerza, fuerza de la naturaleza. Pero además estudia, y escribe, y piensa, y se enamora, y vacila, y por eso es única, sólo ella misma, sin parecerse a nadie, tan temprano.

Aunque beba en las fuentes de las mejores aguas. Pastora, Camarón, Morente, y ahora también el anónimo e inolvidable jerezano Luis de la Pica, de quien toma esas bulerías del desamor que valen un disco entero, si no una carrera.
El caso es que Marina ya está aquí, con todo el tiempo por delante. Ha venido para alumbrarnos el camino, para que volvamos a creer en el romanticismo, a confiar en la calidad, a gozar de la artesanía pura y sencilla. Y para recordarnos la fuerza y la luz resplandeciente del mejor flamenco, ese que obliga a cerrar los ojos y abrir las orejas y de paso nos ayuda, nadie sabe cómo, a soportar la mediocridad rampante, la globalización absurda, el enjambre de ruidos mediocres y de pensamiento cero que nos rodean. Disfrútenla en silencio. Y luego cuéntelo.»

  Desde aquí, mi agradecimiento a Lara Cano por los datos y material aportados.